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unque no funciona como comedia tanto como pretende, esta poco típica muestra del cine de Roberto Rossellini ofrece una idea de las intenciones sociales de la época neorrealista en su vertiente desenfadada (aquí, realismo con fantasía) y también sirve para ver hasta qué punto el cine italiano y francés de entonces influía en Bardem y Berlanga (véase Los jueves, milagro). Un vejete con extraños poderes que dice ser San Andrés se presenta en un pueblo de la costa italiana y otorga al fotógrafo local Gennaro Pisano la facultad de matar al malvado que le apetezca por el sencillo método de sacar una fotografía de otra fotografía de la persona en cuestión, que aparecerá al instante congelado, muerto, en la misma postura que en el retrato. Pisano intentará poner su máquina al servicio del bien e ir liquidando a fascistas, caciques y a todo el que se interponga en su camino hasta darse cuenta de que donde se mata a un malvado salen dos y que la misión que ha iniciado no tendrá fin.

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